Rubén Vázquez Pérez
Hasta ahora lo atípico del huracán Otis ha dejado sin efecto legal todas las acusaciones mediáticas sobre presunta negligencia en que habrían incurrido autoridades estatales y federales debido a las cuales, supuestamente, se habrían agravado las consecuencias del meteoro, el más destructor de que se tenga memoria en el pasado reciente.
Empero, la sospecha persiste: al margen de condenas lapidarias que se han centrado en lo tardío de la acción gubernamental –tanto para avisar de la gravedad del desastre que se acercaba, como para asistir a la población afectada-, no ha quedado claro si, en efecto, hubo negligencia, incapacidad o de plano sabotaje.
Es cierto, hasta donde se sabe, que el súbito incremento de la fuerza que el meteoro adquirió cuando estaba prácticamente encima de Acapulco, es algo que ni los científicos han podido explicar, si bien lo relacionan con fenómenos atmosféricos como El Niño y el calentamiento global. Se esperaba que este aumento de velocidad en los vientos –de más de 300 kilómetros por hora- se produjera mar adentro. No fue así.
El caso es que algunas horas –al menos tres o cuatro- antes de la llegada de Otis algún noticiero de televisión –el de canal 2 por la noche, esto es: después de las 22:30 horas- alertaban a la población sobre la eventualidad de que el huracán llegara al nivel 5, la máxima categoría de peligrosidad, y recomendaban que la gente saliera de sus hogares y fuera a los refugios. Claramente muy pocos hicieron caso.
Versiones van y vienen en el sentido de que el Centro Nacional de Huracanes de Miami advertía, desde varias horas antes, de la peligrosidad que adquiriría Otis. Y lo que justamente no queda claro es si en la Comisión Nacional del Agua se tuvo conocimiento puntual de la advertencia o no. Y en este último caso, por qué. Pero si la advertencia fue recibida con la debida antelación, ¿quién la recibió, a quién avisó y cuándo lo hizo?
O, de plano: ¿por qué no avisó, o por qué la desestimó? El Presidente dijo, en cambio, que la población si fue alertada y hasta comentó que de no haberlo hecho, el daño habría sido peor. Y ciertamente, fue mayúsculo, tanto que de la magnitud de la tragedia no se supo inmediatamente: las redes telefónicas y de internet se cayeron; es de suponer que algo similar pasó con la radio; las carreteras estaban intransitables y el aeropuerto, inundado, inutilizable.
Pero la tragedia resultó terreno fértil para que prosperan la cizaña, el encono y la manipulación: la mentira a base de videos antiguos y testimonios falsos en contra de las fuerzas armadas; verdades a medias como la natural desesperación ciudadana, magnificada y distorsionada en noticieros –claramente de tv azteca- y ni un ápice informativo de las dificultades que dejó el huracán para que la ayuda gubernamental llegara de inmediato al lugar de los hechos.
Como sea, la verdad se impone lentamente: existen más de 65 mil millones de pesos de recursos federales para la rehabilitación de Acapulco y Coyuca de Benítez, las dos comunidades mayormente afectadas; servicios como el de agua potable, la electrificación y las telecomunicaciones avanzan y en algunos casos, están cerca de restablecerse al 100 por ciento; la solidaridad ciudadana y gubernamental fluye con entera normalidad, pues las carreteras y el aeropuerto comenzaron a funcionar.
Quién sabe si como prometió el Presidente de la República, los acapulqueños y todos los demás damnificados del huracán Otis en Guerrero, vayan a pasar una linda Navidad; queda poco más de mes y medio para ese propósito que, a decir verdad, sería apenas un consuelo porque lo que si parece perdido irremediablemente es la temporada vacacional de la que más de dos tercios de la población depende: toda la infraestructura hotelera resultó severamente dañada.
Y ante la eventualidad de que otros desastres naturales ocurran allí mismo o en cualquier otra parte del país, bien haría el Presidente en ordenar una investigación sobre el tiempo de reacción ante las alertas emitidas sobre la peligrosidad de Otis; por el bien de su gobierno y por el bien de la Nación conviene esclarecer si en su gobierno hay ineptos, traidores o saboteadores.