Romero expresó que en la última década comenzó un momento crítico de pérdida debido a que sólo las personas adultas mayores son quienes ejercen presión social para que se siga dialogando en sus lenguas. Por ello, destaca que es fundamental que la juventud tome acciones para la preservación.
Según el INEGI, en 1930 la población mayor de cinco años hablante de lengua indígena era del 16 %. Para el Censo de Población y Vivienda 2010 la disminución es marcada, se registró un 6.6 % de personas de tres años en adelante (6 millones 913 mil 362) y hacia 2020 descendió porcentualmente a 6.1 % (7 millones 364 mil 645). En la ENADID 2023 bajó al 5.9 % (7.4 millones).
Las entidades con mayor porcentaje fueron Oaxaca (27.3 %), Yucatán (26.1 %), Chiapas (23.4 %), Quintana Roo (14.1 %) y Guerrero (13.9 %). El náhuatl (23.6 %) encabezó la lista, seguido del maya (12.4 %), tseltal (7.9 %) y zapoteco (7.2 %).
“Parte del problema de calcular hablantes es que en las encuestas hay gente que dice hablarla cuando sólo sabe algunas palabras o reconoce su uso con base en prejuicios y expectativas. En otros casos, sin constatar, los encuestadores asumen que los individuos la emplean por ser parte de cierta comunidad”, dice el investigador.
Subraya que en las estadísticas el número de hablantes aumentó. Pese a ello, el porcentaje disminuyó respecto a la población total. De acuerdo con sus análisis, la población monolingüe se concentra en generaciones mayores y niños, mientras que en las juventudes se registra una alta cantidad de bilingües.
“Los jóvenes dejan de utilizarla como consecuencia de cambios sociales en sus contextos. La pregunta es ¿qué pasará cuando ya no estén las generaciones longevas?”.
Se calcula que a la llegada de los españoles a nuestro territorio había alrededor de 25 millones de habitantes; un siglo después sobrevivía alrededor de un millón.
Esto quiere decir que con la muerte de mucha gente perecieron un gran número de lenguas, explica Romero Méndez.
Cuando se formó el Estado mexicano hubo riesgo de disminución debido a la idea de establecer una identidad nacional única, y fue a partir de 1950 cuando se crearon políticas agresivas para que la educación fuera bilingüe, “pero más bien era un sistema transicional. Se pretendía que al concluir la escuela los niños se comunicaran sólo en español, así tendrían mayor acceso a servicios. Desde entonces hubo un declive acelerado”. (Gaceta UNAM)
Señala que es difícil calcular con precisión cuántas lenguas y variantes hay en la actualidad, pues se considera que en cada comunidad hay un sistema lingüístico propio.
“En muchos casos, se entienden entre las que son vecinas directas, pero el sistema no es el mismo. Con las más lejanas se entienden menos y las diferencias son mayores, así sucesivamente, de manera que llega un punto en el que es otra lengua y la comunicación es difícil. A esto se le conoce como cadena de dialectos”.
Otro elemento tiene que ver con la creencia de que se emplean sólo en los lugares donde surgieron históricamente; sin embargo, pueden generarse variedades en los grupos que migran.
El país cuenta con una gran diversidad, pues hay 11 familias lingüísticas muy distintas entre sí y en un territorio pequeño puede hablarse más de una. “Dicha riqueza cultural está en peligro constante de desaparecer.
Algunas están en mayor riesgo que otras, como el ayapaneco, que tiene pocos hablantes, en comparación con el náhuatl o maya yucateco”, señala el investigador.
Entre los principales factores que amenazan el habla indígena están los socioeconómicos, como la migración y marginación social que generan discriminación y violencia, y a su vez, el pensar que al dejar de utilizarla o transmitirla tendrán mejores oportunidades.
El cuestionamiento sobre el beneficio de usarla deriva de que, incluso en sus comunidades, hay un entorno desfavorable porque no tienen infraestructura y servicios en su lengua, lo que vulnera sus derechos a la salud, justicia, educación y recreación.
“Con base en mis estudios, la utilidad se asocia a cuestiones emotivas: es la que se habla en su lugar de origen, la que sus padres les enseñaron o les da identidad, pero no mencionan que les sirva para conseguir trabajo, leer o estudiar, cosas que sí comentan cuando se les pregunta sobre el inglés o el español”, plantea Rodrigo Romero.