No muchos canadienses han de ver con buenos ojos esta falta de dignidad de su gobernante.
Pero al margen de que en el ánimo de las demócratas estadunidenses prevalezca una suerte de revanchismo como para sentir la satisfacción de que otra mujer ponga en su lugar al misógino racista, lo cierto es que la Presidenta mexicana ha mostrado que, lo suyo, son la firmeza, la serenidad, la inteligencia y la claridad, como las condiciones previas de un juego en el que no habrá de aceptar que sea el otro el que imponga las reglas.
Es en este enfrentamiento en el que la Presidenta mexicana habrá de jugar la mejor de sus cartas: la fortaleza política que le ha dado no sólo la mayor votación en la historia de las elecciones en México, sino la herencia de una conducta intachable, irreprochable y a toda prueba no sólo de sí misma, sino de un gobierno y un movimiento en ascenso que inició una lucha frontal en contra de la corrupción y la deshonestidad, y que ha también comenzado a cosechar sus primeras victorias en contra de la delincuencia organizada.
Dicho así, no parece mucho. Pero si se piensa en el factor que puso siempre de rodillas a gobiernos mexicanos anteriores en la relación con los Estados Unidos –hasta el punto de que la población comenzó a verlo como “natural”-, entonces hablamos de una fortaleza que por primera vez ha permitido al gobierno de México hablar claro, de frente, directo y sobre todo, con dignidad ante el poderoso vecino del norte en defensa de sus más caros valores, que no son otros que los que tienen que ver con la historia, la identidad, la justicia y el estado de derecho.
Esa, la conducta intachable, es precisamente la que faltó a anteriores administraciones gubernamentales, las cuales carecieron siempre de una imprescindible autoridad moral para hacer reclamos justos ante sucesivas administraciones gubernamentales estadunidenses.
La historia entre ambas naciones registra capítulos vergonzosos para la parte mexicana a la que se impusieron lesivas condiciones en lo económico y en lo político, como el Tratado de Bucareli, que significó la cancelación del desarrollo siderúrgico nacional y de la industria aérea mexicana, así como toda suerte de facilidades para la compensación de los dueños del petróleo mexicano de entonces; los estadunidenses. Y todo a solicitud de un presidente mexicano que buscaba el reconocimiento de EU: Álvaro Obregón.
O más recientemente, en los ochentas, cuando la avaricia del presidente José López Portillo y su familia, provocaron –corrupción mediante- la quiebra de la economía: el saqueo de miles de millones de dólares, la devaluación de la moneda hasta niveles exorbitantes, el quiebre de miles de empresas y la pérdida de millones de empleos.
Y, así las cosas, el gobierno mexicano que ya entonces encabezaba Miguel de la Madrid, muy debilitado, fue obligado a aceptar los lesivos planes de choque del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y del gobierno estadunidense: sueldos de miseria, horarios de 12 y 14 horas; inflación de más del 100 por ciento.
Y así podríamos seguir con el recuento del infortunio provocado por la debilidad moral de los gobernantes mexicanos que ha resultado siempre en condiciones lesivas, desventajosas, con cargo siempre a la población mexicana.
De todos modos sería una ligereza imperdonable desestimar al enemigo; en Donald Trump coinciden factores de altísimo riesgo: está loco y tiene enorme poderío; no es muy inteligente y gusta de resolver de un solo golpe. Además se ha rodeado de colaboradores que comparten su bajeza de miras.
El reto para Claudia es enorme. Pero como nunca Presidente mexicano alguno lo tuvo, Sheinbaum Pardo llegará con toda la fortaleza moral, todo el respaldo de los mexicanos y, según se ve, con el apoyo de todos los partidos políticos de oposición.
Veremos.

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