Empero, el PRI y el Presidente ya perdieron en Veracruz, uno de sus principales, históricos bastiones político electorales. Y lo perdieron básicamente por dos cosas: uno, por el desastre que heredó uno de sus peores gobernadores, un verdadero sátrapa, Javier Duarte. Y, dos, por los continuos desaciertos en que se ha empeñado Peña Nieto en su sexenio, para dejar al país en otro desastre aún mayor.
Desde luego que es de Perogrullo decir que los del PRI no están dispuestos a perder de nuevo y menos en el Estado de México, aunque en Veracruz tampoco lo estaban y perdieron.
De Eruviel Ávila, actual gobernador mexiquense, no se sabe que, como JaviDu, haya hecho tanta maldad, aunque tampoco sea la suya una obra llena de bondad desinteresada; de hecho son públicos sus graves desaciertos en materia de seguridad:
La ola de feminicidios que le dejó el actual Presidente de la República, lejos de mantenerse no ha hecho sino incrementarse. Y, por otra parte, al de Ecatepec le son propias las lentas pero incesantes escaladas inflacionaria y de desempleo.
Por si fuera poco, continúan los yerros de su predecesor, ahora desde la casa presidencial de Los Pinos, todo lo cual no hace sino abonar la ruta para una casi segura nueva derrota, muy probablemente a manos de la candidata de Morena.
Pero si éste fuera el caso –aún y cuando las etiquetas de improbable o de lejana posibilidad no estén del todo descartadas-, ¿existe garantía de que Delfina Gómez Álvarez se convertirá en una figura política con fuerza real y autonomía?
Porque, de ganar, la maestra tendrá que decidir a quién deberá su eventual triunfo: ¿se sentirá obligada, comprometida con Andrés Manuel López Obrador, hasta el punto de asumir como propias las directrices que el tabasqueño le marque y aceptar que su gobierno se integre con quienes éste le diga o le recomiende?
¿O, por el contrario, sentirá que su compromiso es única y exclusivamente con los votantes y que sólo a ellos debe responder?
Ciertamente, es mucho adelantarse, porque igual y la maquinaria priísta de nuevo se impone. O, lo impensable: gana Josefina.
Pero si verdaderamente Morena y Andrés Manuel López Obrador son la esperanza para México, mucho bien harían si despejaran toda duda, toda suspicacia en torno a reeditar algo de lo peor de la política priísta, como el mangoneo o el marionetismo, que inaugurara el creador del tricolor, Plutarco Elías Calles, hace casi un siglo.
López Obrador alguna vez dijo que él no era pelele de nadie. Con el tiempo, lo ha acreditado. Ahora falta que haga un compromiso serio y público en sentido inverso: que tampoco pretende utilizar de pelele a nadie, que de una vez y para siempre ha dejado de ser el priísta de sus orígenes y que de verdad inaugurará una nueva era política parta México.
Es oportuno, estamos a tiempo: es tiempo de campañas.

Deja un comentario