Rubén Vázquez Pérez
Hace algún tiempo, cuando transcurrían los dos primeros años de la 4ta Transformación, “Cría Cuervos” fue una reflexión publicada en este mismo espacio, que refería la impunidad que el gobierno capitalino ofrecía a manifestantes, pero en especial, a los violentos que vandalizaban y aún vandalizan el mobiliario urbano, a no pocos negocios y aún al ciudadano común.
Lo sucedido el Miércoles último con la destrucción de la puerta de Palacio Nacional de la calle de Moneda, no hace sino confirmar que lejos de ser sometidos, los violentos han escalado sus acciones. Y cada vez se atreven a más; no parece exagerado decir que no están lejos de perpetrar una agresión directa a los militares y cuerpos de seguridad en torno al Presidente de la República. E incluso al mismísimo Primer mandatario.
Pareció desde el principio de este gobierno que hay confusión: no es lo mismo garantizar el clima de libertades que debe prevalecer para el ejercicio de los derechos ciudadanos, que no perseguir ni someter a quienes, con este pretexto –las manifestaciones-, pintarrajean paredes y monumentos; destruyen ventanales y estatuas y hacen añicos estaciones del transporte público, lo mismo que la puerta de Palacio Nacional.
“Nosotros no somos represores”, dicen las más altas autoridades gubernamentales una y otra vez en el discurso oficial, cuando se les pide detener el vandalismo. “No somos lo mismo de gobiernos anteriores”, remarcan. Pero la destrucción de que hacen gala los violentos es un delito que está tipificado en el Código Penal.
Lo curioso del caso es que van mil y una acciones vandálicas en esta ciudad, incluso desde antes de que iniciara la 4T, siempre perpetradas por individuos que se cubren el rostro, que después de sus agresiones corren a esconderse entre la multitud, se cambian el suéter o sudadera y hasta dejan de correr: sólo se van caminando libres e impunes. Las cámaras del C4 los han registrado.
La CDMX, ¿de azul y blanco?
Rubén Vázquez Pérez
Que el presidente de la República haya dicho que la Ciudad de México se ha derechizado es sintomático de que el tema es real y le preocupa.
El mandatario afirma que esa transformación es consecuencia de la fuerte campaña de manipulación a que su imagen pública ha sido sometida en redes sociales y casi todos los medios de comunicación tradicionales.
Quiere decir que a pesar de lo que dicen las encuestas, cuyos números le dan una aceptación de más del 60 por ciento entre la población, a nivel nacional, hay una proporción nada desdeñable que opina negativamente de su persona.
Y si el Presidente habla de una derechización entre la ciudadanía capitalina, el más importante de sus bastiones electorales, es precisamente porque afecta el peso numérico de éste, algo que antes ni imaginaba y simplemente, le tenía sin cuidado. Hoy, ya no es igual. Y parece que el rechazo al mandatario en la capital del país va en aumento.
A la par de la incesante labor de zapa que desde el principio de su administración –y aún desde antes- han desplegado sus opositores, para socavar el más importante activo de su autoridad moral: su honestidad, lo cierto es que aspectos de su gestión presidencial han hecho mella en la sensibilidad política ciudadana, especialmente la de los capitalinos:
Rubén Vázquez Pérez
Unas 32 personas migrantes –la mayoría venezolanos y centroamericanos- fueron encontrados con vida en Tamaulipas, unos días después de que habían sido secuestrados por un grupo armado, presuntos miembros de una organización criminal que opera en la entidad.
El gobierno de inmediato habló de un rescate, pero medios y columnistas aseguraron que no había habido tal: que una llamada a las autoridades locales dejó saber que el grupo de extranjeros se encontraban fuera de una tienda de autoservicio. Y que todo había sucedido a la luz del día.
Como sea lo cierto es que secuestro, si hubo, las víctimas están vivas y fueron dejadas en libertad.
Independientemente de las versiones –las cuales dejan en claro que ni gobierno ni opositores están dispuestos a ceder un milímetro en sus respectivas necedades-, lo cierto es que parece muy raro que una organización criminal, que ha operado con éxito un secuestro masivo, decida de pronto soltar a sus rehenes.
Así nomás, porque si.
Rubén Vázquez Pérez
Hasta ahora lo atípico del huracán Otis ha dejado sin efecto legal todas las acusaciones mediáticas sobre presunta negligencia en que habrían incurrido autoridades estatales y federales debido a las cuales, supuestamente, se habrían agravado las consecuencias del meteoro, el más destructor de que se tenga memoria en el pasado reciente.
Empero, la sospecha persiste: al margen de condenas lapidarias que se han centrado en lo tardío de la acción gubernamental –tanto para avisar de la gravedad del desastre que se acercaba, como para asistir a la población afectada-, no ha quedado claro si, en efecto, hubo negligencia, incapacidad o de plano sabotaje.
Es cierto, hasta donde se sabe, que el súbito incremento de la fuerza que el meteoro adquirió cuando estaba prácticamente encima de Acapulco, es algo que ni los científicos han podido explicar, si bien lo relacionan con fenómenos atmosféricos como El Niño y el calentamiento global. Se esperaba que este aumento de velocidad en los vientos –de más de 300 kilómetros por hora- se produjera mar adentro. No fue así.
El caso es que algunas horas –al menos tres o cuatro- antes de la llegada de Otis algún noticiero de televisión –el de canal 2 por la noche, esto es: después de las 22:30 horas- alertaban a la población sobre la eventualidad de que el huracán llegara al nivel 5, la máxima categoría de peligrosidad, y recomendaban que la gente saliera de sus hogares y fuera a los refugios. Claramente muy pocos hicieron caso.
Versiones van y vienen en el sentido de que el Centro Nacional de Huracanes de Miami advertía, desde varias horas antes, de la peligrosidad que adquiriría Otis. Y lo que justamente no queda claro es si en la Comisión Nacional del Agua se tuvo conocimiento puntual de la advertencia o no. Y en este último caso, por qué. Pero si la advertencia fue recibida con la debida antelación, ¿quién la recibió, a quién avisó y cuándo lo hizo?
O, de plano: ¿por qué no avisó, o por qué la desestimó? El Presidente dijo, en cambio, que la población si fue alertada y hasta comentó que de no haberlo hecho, el daño habría sido peor. Y ciertamente, fue mayúsculo, tanto que de la magnitud de la tragedia no se supo inmediatamente: las redes telefónicas y de internet se cayeron; es de suponer que algo similar pasó con la radio; las carreteras estaban intransitables y el aeropuerto, inundado, inutilizable.