David Martín del Campo
El dilema termina por hacerse presente. El príncipe Hamlet, o el general Cárdenas, asomando a media noche desde la ventana del palacio y haciéndose la misma pregunta.
A todos nos ha ocurrido. “¿Yo soy yo, o la imagen de mi imperioso mentor?”. Difícil circunstancia, en esa hora, sosteniendo la calavera del bufón Yorick o la banda presidencial recién planchada.
Algo similar le ocurría a la generación de artistas que, en los años sesenta, se enfrentaron con los monstruos de la plástica apoderados de los muros y las galerías. Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, el manco José Clemente Orozco, y sin hacer tanto alarde, Rufino Tamayo. Sus cuadros mostraban escenas de la Revolución con mayúsculas, el aplacado país que fue durante el porfiriato, la anhelada redención que representaba el movimiento popular empuñando las armas.
Esos artistas locuaces no querían pintar más escenas campiranas ni milicianos enardecidos. Ellos… José Luis Cuevas, Juan Soriano, Beatriz Zamora, Arnaldo Coen, Manuel Felguérez y, ¿por qué no?, el mismo Vicente Rojo. Todos ellos anhelaban incorporarse a las nuevas corrientes en boga, el arte moderno, traspasar “el muro del nopal” que solo tenía ojos para la pintura realista de pueblo y ranchería. El movimiento de esos jóvenes se dio en llamar “la Ruptura”, y su punto culminante fue el famoso “mural efímero” que José Luis Cuevas pintó en la esquina de Génova y Londres, la bohemia Zona Rosa de entonces.
Ruptura (o no), que es el tema en boga. A ese dilema los psicólogos le llaman “formación reactiva”, que no es más que la afirmación del yo ante el andamiaje de lo prefigurado, por ejemplo la figura del padre protector; rebelarnos ante “su imagen y semejanza”.
Siempre llega el momento de la disyuntiva: ruptura o sumisión. En términos políticos, ya lo sugeríamos, ha ocurrido innumerables veces. La ruptura de Trostki con Stalin fue tremenda, la revolución bolchevique hubiera sido imposible sin el genio militar de Lev Davídovich Bronstein (su verdadero nombre), y la tirria del autócrata llegó hasta Coyoacán, donde Ramón Mercader lo asesinó en 1940 con el golpe de un piolet.
David Martín del Campo
Thomas Matthew, el temerario jovenzuelo, nunca imaginó los efectos que su mala puntería tendría en la sucesión de la Casa Blanca. El rozón del disparo de su R-15 produjo, involuntariamente, la renuncia de Joseph Biden a la candidatura demócrata por la presidencia que se decidirá en un centenar de días.
Pero vayamos atrás en este relato de magnicidas frustrados. Cuando la emboscada de Georges Watin falló (el 22 de agosto de 1962), la figura del presidente Charles DeGaulle, que resultó ileso, creció ante la ciudadanía y, sobre todo, la fortaleza del Citröen blindado en que viajaba, que nunca se detuvo luego de recibir un centenar de tiros. El atentado serviría como argumento para la película “El Chacal”.
Algo similar ocurrió a las puertas de Palacio Nacional cuando el 5 de febrero de 1930 Pascual Ortiz Rubio, el presidente electo, fue tiroteado por un tal Daniel Flores apenas abordar el auto que lo trasladaría a la residencia presidencial. Acababa de saludar a los miembros de su gabinete luego de triunfar en la campaña que sostuvo contra José Vasconcelos. Ortiz Rubio (que los infames denominaban como “el Nopalito”) resultó con una herida en la mandíbula que lo mantendría en el hospital varias semanas. Dimitiría a la presidencia dos años después.
Así que la renuncia de Joseph Biden a contender nuevamente por la presidencia recoge aires de aquellos eventos. La herida que sufrió Donald Trump en la finca de Butler lo ha encumbrado como una suerte de héroe nacional que no se arredra ante nada. Pasará a la historia con la oreja sangrante y el puño en alto gritando “fight!, fight!”, como si fuera un héroe tras el desembarco en Normandía.
Rubén Vázquez Pérez
La aplastante victoria de Claudia Sheinbaum el pasado 2 de Junio dejó en claro que por lo que se refiere a la oposición, hace tiempo, décadas sin duda, que carecen de nuevas figuras con el empaque suficiente como para convertirse en liderazgos capaces de concitar la movilización ciudadana con algo más que resentimiento, mentiras, manipulación, desprestigio y odio.
De hecho esta estrategia probó una vez más su ineficacia: por más veces que las mentiras se repitieron a diario, en redes sociales, radio, televisión y prensa escrita, no penetraron sino sólo en las mentes de un sector desinformado, confundido, predispuesto, conservador y acomodado en los mullidos privilegios de que disfrutan desde hace décadas.
Los 35 millones de votos a favor de la ahora virtual presidenta electa golpearon el mentón de una oposición derechizada; la enviaron a la lona hasta el punto de un nocaut del que no logran reponerse aún y es la hora en que no alcanzan a comprender que el electorado mexicano evolucionó de las despensas y los mil pesos a la exigencia por la continuidad de políticas que recién empezaron y que por primera vez, los pusieron en primer plano.
Podría decirse que el electorado mexicano si desarrolló, en cambio, la capacidad de discernir entre falsedad y realidad; entre inmediatez y largo plazo; entre demagogia y congruencia; en consecuencia, ha sido capaz de tener su propia opinión, lo cual no es sino otra derrota –aplastante también- para los poderes fácticos agazapados detrás de medios de comunicación.
Rubén Vázquez Pérez
Veo las imágenes de la marcha de este domingo 19 de Mayo de los afines a Xóchitl y a Taboada. Sin duda, decenas de miles; el Zócalo no del todo se ve completo, si bien algún acceso a la plaza mayor se advierte colmado de manifestantes.
Hay que hacer notar que hubo presencia anticipada del contingente de la CNTE que –según nota periodística de Maru Rojas en Radio Fórmula-, fueron “conminados” a permanecer en el primer cuadro en llamadas que les habrían hecho desde la Secretaría de Gobernación del gobierno federal y de la Secretaría de Educación del gobierno capitalino, según testimonio de un dirigente del magisterio, que recogió la reportera.
Veo también imágenes de numerosos contingentes rosas en diversas ciudades del interior del país y gráficas de algunos grupos con pancartas en torno a embajadas de México, como la de París, en Francia. Si bien las imágenes no muestran la magnitud de las movilizaciones a las que convocó el Presiente Andrés Manuel López Obrador cuando fue dirigente opositor, si sorprende la copiosa respuesta de esta convocatoria a sumarse a la causa de los candidatos de la derecha.