Por Raúl Adorno Jiménez
Sin duda, existe un consenso generalizado entre los mexicanos de que nuestro Poder Judicial debe ser renovado, mejorado; limpiarlo de vicios y de corrupción que han prevalecido durante muchos años.
Hasta por un percance automovilístico, por mínimo que fuera, el ciudadano trata de evitar a toda costa tener que estar ante una autoridad por la desconfianza que genera en nuestro país la impartición de justicia.
David Martín del Campo
De no creerse. Iba vestido de lujo, las velas tendidas y el enorme pendón desplegado en popa. La marinería trepada en las jarcias bajo aquella luminaria a lo ancho de los aparejos… igual que un sueño infantil, cuando en cosa de segundos la fragata quedó al garete, arrastrada por la corriente del East River y ¡zaz!, colisionó bajo el puente de Brooklyn y todo se esfumó.
Botado en los astilleros de Bilbao, el buque escuela “Cuauhtémoc” fue abanderado el 1982 por el presidente José López Portillo, tan dado a las proezas marineras. En principio se trataba de un “crucero de instrucción” para los cadetes de la Escuela Naval, donde concluirían sus estudios navegando por los cinco mares. La noche del viernes, cuando zarpaba con rumbo a Reikiavic, ocurrió el accidente que ha ocasionado la muerte de los cadetes América Sánchez y Adal Jair Marcos.
La vocación marina del país no es sobresaliente. Poseemos una armada más bien modesta que se constriñe a medio vigilar los 10 mil kilómetros de litorales que poseemos. Si bien un ataque marino fue el que nos obligó a entrar en la contienda de la II Guerra Mundial, el país se precia de no requerir de una armada mayor dada nuestra nula ambición expansionista.
Por Raúl Adorno Jiménez
Es evidente que por más que se esfuerza la oposición y esa comentocracia que se empeña por descalificar, por llevar a los extremos supuestos escándalos para debilitar a la Cuarta Transformación, ni gritos ni sombrerazos hacen mayor mella al proyecto que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum.
Da lástima y pena ajena el comediante Víctor Trujillo al tratar de ridiculizar a Luisa María Alcalde, actual presidenta nacional de Morena, con chistes baratos y banales que simplemente a la mayoría de los mexicanos no les interesa. No le resto méritos a quien personaliza a brozo, seguramente en sus redes sociales tendrá miles de seguidores, pero que se quedan cortos ante los millones de mexicanos que siguen creyendo en la presidenta Claudia Sheinbaum y su proyecto en la 4 T.
David Martín del Campo
Cuentan las crónicas de aquel 10 de mayo de 1949, en la inauguración del Monumento a la Madre ubicado en el jardín Sullivan, el desmadre en que derivó el festejo. Se había anunciado que las primeras mamacitas que acudieran ahí, con el presidente Miguel Alemán en persona, serían obsequiadas con modernas licuadoras eléctricas para liberarlas del humillante molcajete. Y llegaron diez, cien, mil, diez mil… y aquello fue un bochinche que terminó en rebatinga. Los guardias del Primer Mandatario debieron llevárselo en andas para salvarlo del feroz arrebatadero.
Ah, la fascinante modernidad. Aquello se remontaba a 1922, cuando el secretario de Educación, José Vasconcelos, instituyó la fecha como la efeméride cívica por antonomasia. En el pedestal del monolito fue colocada una placa anunciando a todos los cielos que la figura ahí dispuesta celebraba “a la que nos amó antes de conocernos”. Y todos (y todas) tan felices.
Muchos pensadores del siglo pasado han señalado aquello de que el mexicano, “ausente de padre”, experimenta un complejo edípico de marca. Con un padre inexistente, no le queda más que vincularse afectivamente a su progenitora, con todas la consecuencias que ello supone. Después de todo madre sólo hay una, y el que lo niegue que se vaya mucho… Bueno, al fin que todo queda en familia.
Sin mencionarlo abiertamente, los antropólogos coincidían en explicar aquello de que la (nefanda) Conquista habría implicado, también, una violación masiva de mujeres ante el hecho de que los soldados castellanos venían solos, lo mismo que Hernán Cortés. Y que cada cual se buscase su Malintzin para cumplir con la hombría en suspenso. Buena parte de nuestro mestizaje ocurrió de tal manera, que ya la cuestión de los apellidos vendría después.