Así como Nerón en su momento tocaba el arpa, mientras ardía Roma, Donald Trump jugaba golf mientras se desplomaban los mercados globales. Esa es la medicina amarga que le está recetando el presidente de Estados Unidos a la economía mundial, según él para que la Unión Americana recobre su esplendor y su grandeza, aunque de acuerdo a los resultados en las bolsas de todo el mundo, la oleada del desastre amenaza ya la economía de los propios estadounidenses que estarían al borde de una recesión económica.
En este espacio he sostenido que los únicos capaces de frenar a Donald Trump, son los propios estadounidenses y, si se sienten lastimados los dueños del dinero que apoyaron en su campaña al magnate neoyorquino, tal como lo están resintiendo ya los magnates del mundo financiero al sufrir grandes pérdidas de dinero.
Rubén Vázquez Pérez
En los menos de seis meses que tiene de gobernar, la Presidenta de la República ha tenido oportunidad de ensayar y poner en práctica su personal estilo de ejercer el poder. La caricaturesca oposición –más maldosa que malvada-, no le ha obligado ni siquiera a alzar la voz. Hasta el momento, la mandataria se ha mostrado sonriente, serena, acaso muy seria y nada más, no obstante haberse quedado como blanco de las campañas de mentiras, ataques, denuestos, y descalificaciones procedentes muchas veces de personajes viscerales y ramplones, casi todos con asiento en el Congreso.
Preocupan, empero, ciertos titubeos, evasivas e indefiniciones surgidos desde dentro de ese amplísimo como heterogéneo ¿partido? llamado Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y ante los cuales, la Presidenta “con A” tampoco ha tenido respuestas contundentes y claras y, lamentablemente, ha caído también en titubeos, evasivas e indefiniciones, como si no quisiera enfrentar esos signos que la contrarían y la desafían, no obstante contar con toda la fortaleza política de que la dotó el pueblo cuando la eligió.
En este mismo espacio, hace algunas semanas consideramos miserables a los individuos y sus acciones para posponer tres años más, hasta el final del sexenio, la aplicación de la normatividad propuesta por Claudia Sheinbaum Pardo a fin de acabar con el nepotismo, y que éste no se verificará más en las elecciones intermedias; esto es, que políticos no pudieran “heredar” cargos públicos o posiciones políticas a sus familiares, una de las más sentidas demandas que la Presidenta recogió durante su campaña.
Por Raúl Adorno Jiménez
Todo parece indicar que la comentocracia “no entiende que no entiende”, porque desde sus columnas periodísticas, opiniones radiofónicas y televisivas insisten en atacar desde cualquier flanco al gobierno de la Cuarta Transformación o más directamente al gobierno que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum, con lo que lo único que han logrado es desacreditarse más ante la opinión pública.
Pese a la feroz campaña que prevalece en la mayoría de los medios de información, que parece provenir desde las más altas esferas de los poderes fácticos, particularmente de los que tienen que ver con el poder económico, todavía se quejan que desde el gobierno federal se utiliza toooodaaaa la fuerza del Estado para promover su propia versión de los hechos que generan controversia en nuestra sociedad.
David Martín del Campo
Suman algo así como 2 millones y medio de mujeres. Tal vez un poco menos. Están en la casa y nadie nota (ni agradece) su presencia. Ni su labor diligente. Contaba Octavio Paz que una mañana en su estudio, mientras se afanaba tecleando la mecanográfica, oyó un ruido. Y como se suponía solo en casa, abandonó el escritorio para preguntar: “¿Alguien anda por ahí?”, y la respuesta desde no se hizo esperar: “No es nadie, señor. Soy yo”. De modo que la sirvienta era nadie, casi una presencia fantasmal.
El estreno de “Roma”, la última película de Alfonso Cuarón, trata de eso, precisamente, y su exhibición ha encendido nuevamente los ánimos en torno al lugar, y el trato, que ocupan las trabajadoras domésticas en el país. Es un modo correcto de nombrarlas, porque el uso las ha denominado de muchas otras maneras más o menos peyorativas… sirvientas, cocineras, muchachas, “chachas”, fámula, mucamas, criadas, hasta el despectivo de “gatas”, con el que concluye la cinta de Cuarón.
Herencia de los usos coloniales, la sirvienta ha sido una presencia ineludible en el seno de las familias (en México y en Colombia, en Bolivia y en Argentina) de cierto abolengo, o por lo menos de la clase media con aspiraciones. Su contratación, por regla general, es a la palabra; su desempeño, absoluto (mi amiga Susana Glantz inscribió a su muchacha en un curso de manejo, de modo que con la licencia de conducir, además de barrer el patio opera también como su chofer, vamos, su choferesa). Y decíamos que absoluto porque las labores a su cargo van de la limpieza hogareña a la mensajería, del abasto a la preparación de alimentos, del arreglo de casa al cuidado de los bebés, de los asuntos secretariales a la atención de los ancianos. Labores que, obviamente, las llevan a refrenar su vida sentimental (pues cohabitan en el mismo domicilio), y en esa templanza imperiosa se ven orilladas a sacrificar, muchas veces, la posibilidad del matrimonio. Es decir, perpetúan una suerte de semi-esclavitud de la que se ha escrito mucho.